Más grande que el premio Nóbel


Autor: David Brooks
The New York Times


Me imagino que ni le importa, pero el Papa Juan Pablo II, que ha ejercido una influencia más profunda sobre más gente que cualquier otro ser humano, jamás ganará el Premio Nobel de la Paz. Durante años, muchos espectadores han sentido que el Comité noruego no tendría más opción que darle el galardón, a pesar de sus ideas pasadas de moda sobre el aborto. Pronosticaban que este año sería el suyo. Su salud es frágil y su ferviente oposición a la guerra de Iraq gustaría al impecablemente liberal comité.

Pero me gusta pensar que los miembros del comité entendían esta verdad central: que no podían dar el premio a Juan Pablo II. Él es demasiado grande y complejo para su galardón. El proyecto que le ocupa - que todavía le ocupa- se escapa de sus categorías.

Instruido por su fe, entrenado por la dura historia de Europa central, el joven Karol Wojtyla llegó a creer que "el mal de nuestra época consiste en primer lugar en una especie de degradación, de una verdadera destrucción de la esencia única de cada persona". Los nazis intentaron reducir a los individuos a su maquillaje racial; los marxistas, a su clase.

Juan Pablo II dedicó su vida a defender la dignidad integral e indivisible de cada persona. Cree que en el corazón de cada individuo existe la necesidad moral de buscar la verdad.

"El error fundamental del socialismo -escribe- es antropológico". Busca reducir a los seres humanos a algo mucho más angosto y degradado de lo que son realmente. Trata de suprimir, entre otras cosas, su búsqueda de Dios.



Así, cuando Juan Pablo II fue a Polonia al inicio de su pontificado, y a Cuba, dijo a las multitudes: "Ustedes no son lo que ellos dicen que son". El resultado fue una revolución cultural. Un joven estudiante polaco, citado en la biografía "Testigo de esperanza" de George Weigel, oyó esta enseñanza y se dio cuenta de que "ahora lo que yo quería hacer era vivir sin ser un mentiroso".

El Papa ha tratado de defender la dignidad de la persona en todos sus aspectos y esto ha significado no conformarse a las categorías políticas normales.

Mientras respeta la propiedad privada, ha sido sospechoso de los cálculos utilitaristas del capitalismo y de abrazar políticas que le alejan de la izquierda.

Al defender la dignidad de la vida desde el momento de la concepción hasta el momento de la muerte, ha luchado contra el aborto, la eutanasia y la remodelación científica de la vida humana, colocándose al lado de los conservadores.

Su logro principal ha sido recordarnos a los católicos y a los que no lo somos, que no puedes reducir a las personas. Lo hacemos todo el tiempo sin darnos cuenta. Cuando escribimos para la prensa o damos charlas en público, hablamos como si la democracia y la libertad fueran fines en sí mismos. Premiamos a nuestros héroes por curar enfermedades y limpiar de minas la tierra.

Esas cosas, a pesar de ser grandes, son insuficientes, el Papa sigue insistiendo. La democracia es sólo un sistema. La libertad es sólo una oportunidad para hacer el bien o el mal. La esencia de la vida no está en una larga vida, sino en una vida auténtica.

En su discurso de alabanza a la ganadora de este año, Shrin Ebadi, el Comité noruego del Nobel celebra su compromiso con el diálogo y la democracia. Pero donde ellos se frenan, es donde el Papa interviene.

Diálogo, ¿hacia qué verdad? La democracia, ¿para qué? Entiende (el Papa) que nunca convenceremos a un islámico radical de que renuncie a su idea de Dios si le ofrecemos un tibio diálogo sobre la necesidad de llevarse bien. Necesitamos enseñarle la verdad con la tolerancia. Éste es el reto para el siglo XXI, cada vez más religioso, y el Papa, más filósofo que activista, está en la vanguardia.

Shrin Ebadi es obviamente una persona valiente que desempeña una labor vitalmente importante. Nada contra su heroísmo. Pero cuando la historia recuerde nuestra era, el papa Juan Pablo II será reconocido como el gigante de estos tiempos, como la única persona que más ha contribuido a poner la democracia y la libertad al servicio de las metas humanas más altas.

Tomado de:

Juventud y Familia Misionera - Sitio Oficial -
www.demisiones.com